El espinazo del diablo

España, finales de los años 30, Carlos, un niño de 12 años es abandonado por su tutor en el orfanato Santa Lucía, una construcción imponente aislada en medio de un páramo desolado.
El colegio esconde, a lo largo de sus lóbregos pasillos, una serie de relaciones viciadas entre los adultos que viven allí; principalmente entre el cuarteto protagonista compuesto por Carmen (la directora), Casares (un maduro profesor), Jacinto (el agresivo portero) y Conchita (una joven maestra). Pronto surgirá una violenta rivalidad entre Carlos y Jaime, un adolescente de carácter tortuoso y hostil que ejerce de líder natural para el resto de los alumnos.

Inmerso en este universo cerrado cuyas normas desconoce y rodeado de muchachos abandonados o si familia, Carlos irá vislumbrando poco a poco el trágico secreto que permanece grabado en sus muros.Desde su premier día en Santa Lucía, ante los aterrorizados ojos de Carlos comenzará a aparecer, una y otra vez, la imagen de un niño cadavérico que trataré persistentemente de comunicarse con él. Carlos no tardará mucho en sospechar que este susurrante espectro infantil de intenciones nada claras es, en realidad, el fantasma de un antiguo alumno llamado Santi, desaparecido hace tiempo en circunstancias misteriosas. Sediento de venganza, el espíritu de Santi utilizará al nuevo interno para saldar la sangrienta deuda pendiente con su asesino; una venganza que se cumplirá finalmente de forma cruel, terrible e inesperada. (www.elespinazodeldiablo.com)
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Continuidad de los parques por Julio Cortázar

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla.
Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

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Wednesday, November 5, 2008

Día de muertos


“Según la creencia de la civilización mexicana antigua, cuando el individuo muere su espíritu continúa viviendo en Mictlán, lugar de residencia de las almas que han dejado la vida terrenal. Dioses benevolentes crearon este recinto ideal que nada tiene de tenebroso y es más bien tranquilo y agradable, donde las almas reposan plácidamente hasta el día, designado por la costumbre, en que retornan a sus antiguos hogares para visitar a sus parientes. Aunque durante esa visita no se ven entre sí, mutuamente ellos se sienten”. (www.diadelosmuertos.com)

Como pudimos ver en clase y en el museo. En el mundo hispano existe una forma muy particular de recordar a las personas. En esta convivencia simbólica, el altar y todos sus detalles (comida, bebidas, objetos, etc.) juegan un papel fundamental para tener presentes a aquellos que se han ido. Me gustaría que dieran su opinión sobre una festividad como ésta y qué piensan de los altares de muertos, en particular. Gracias